lunes, 2 de febrero de 2015

Los colores de Burano


Cuando le dijimos a nuestro amigo Javi que íbamos a Venecia, nos dijo que no teníamos que perdernos Burano, una pequeña isla de la Laguna Veneciana que merecía mucho la pena. Y como las recomendaciones que vienen de un amigo suelen ser mil veces mejores que las que aparecen en las guías de viaje, no dudamos en hacer caso de su consejo (cabe decir que Burano también aparecía en cualquier guía de viaje :). 



El último día en Venecia nos levantamos para ir hasta Fondamenta Nuove y allí coger un vaporetto a Burano, pero la cosa se complicó nada más salir. Una vez más, allí estaba el acqua alta haciendo de las suyas. A Chris se le habían todo sus cubrebotas de plástico y las botas que llevaba no eran impermeables, y a mi se me había ocurrido ponerme zapatillas de tela porque había salido el sol. No nos dimos por vencimos y fuimos buscando calles y callecitas que no estuvieran inundadas, como si la isla fuera un laberinto, con la esperanza de que hubiera una calle más elevada o un puente que nos mantuviera alejados del nivel del agua.


Y así lo intentamos varias veces, hasta que nos dimos cuenta que estábamos completamente rodeados por el agua... Si queríamos llegar al vaporetto tendríamos que andar por el agua. Así que vista la situación, volví al hotel a por mis katiuskas y Chris decidió comprarse unas allí mismo. Volvimos a salir y esta vez sí, nos sentimos unos venecianos más recorriendo calles secas e inundadas por igual hasta llegar a Fondamenta Nuove. 

 

Allí cogimos un vaporetto (14€ ida y vuelta)  que en poco más de cuarenta y cinco minutos nos dejó en el pequeño puerto de Burano. Otra opción es coger excursiones organizadas, pero es una visita demasiado sencilla como para que alguien nos la tenga que organizar. Nada más dejar el barco comprobamos que la isla era muy pequeñita, y que en poco tiempo podríamos visitarla. Y así fue, en poco más de una hora ya habíamos recorrido cada calle de la isla, que nos dejó enamorados.


Burano es conocida por las labores de encaje y por sus casas de mil colores. La isla tiene apenas 4.000 habitantes. Se dice que los marineros pintaban las casas de colores para poder llegar hasta ellas los días de niebla. Actualmente las autoridades obligan a los vecinos a pintar las fachadas, así que siguen manteniendo el colorido.



Estuvimos algo más de dos horas caminando por sus canales. En un principio andábamos junto a otros turistas que iban también en el vaporetto, pero poco a poco cada uno fue eligiendo un camino distinto y enseguida nos vimos solos. Nos paramos a ver las distintas casitas, cada una pintada con un color vistoso y llamativo. Algunas estaban algo peor pintadas, pero en general los vecinos se esmeran en que todas luzcan bien bonitas.


La isla tenía poco más a parte de las casitas: una iglesia sin mayor interés, una plaza que encontramos semi inundada (a Burano también llega el acqua alta) y muy poquitos servicios que se resumían en algún restaurante, tiendas de recuerdos y especialmente de encajes y un cajero automático. Además claro, un montón de barcas y txalupas.


Como es una isla muy pequeñita, con un par de horas basta para visitarla, así que otra opción es visitar en ese mismo día la isla de Torcello, bastante más grande y con un paisaje muy decadente y rural; o bien a la isla de Murano, conocida por sus trabajos con el cristal.



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